Resulta paradójico que la retórica, en pleno siglo XXI, sea objeto de una concepción negativa, con la que se forman vocablos peyorativos tales como “mala retórica, la retórica de…, discurso retórico”. Así pareciera que se ignora por completo el postulado antropológico y político de Occidente sobre el ser del hombre democrático. Debido a la injusta situación en que hoy se halla la retórica, en este ensayo me interesa abordarla como una necesidad antropológica y política a la cual toda racionalidad moderna debería recurrir, sin que su práctica equivalga a palabrería o ciencia.

Un olvido inconcebible:

El término ‘retórica’, de acuerdo con la concepción de Aristóteles respecto al zoon politikon, tiene su raíz etimológica en lo que caracteriza al hombre: el hablar (véase Aristóteles, 2000). En efecto, retórica viene del griego ῥήτωρ que significa “orador” (Carrillo, 2009: 49). ¿Cómo, entonces, es posible olvidar y negar que todos somos rétores, que todos somos oradores? No sólo en este problema conceptual está el olvido, sino incluso la negación de que el hombre, por el hecho de ser hombre, es un rétor, es decir, un ser que habla porque piensa, un zoon logon ekhon.1

En este sentido, la reflexión de Aristóteles sobre el ser del hombre es sustantiva, porque pone de manifiesto, al menos, una de las caracterís- ticas del hombre que pretende participar en la vida política: el hablar. Para el estagirita, el len- guaje humano no está hecho sólo para expresar el dolor y la alegría (como lo hace el resto de los animales), sino sobre todo para indicar lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo (Aristóteles, 2000), lo cual conduce inexorablemente a reconocer que el hombre piensa, y este pensar lo formula por medio del discurso. Según Aristóteles, esta naturaleza del lenguaje revela la necesi- dad del hombre de saber expresarse para manifestar su pensamiento en un escenario político. ¿Podemos imagi- nar un grupo de hombres pretendiendo hacer algo sin hablar? Luego, ante la rivalidad política, sin el lenguaje y más precisamente sin el discurso, ¿podemos defender nuestras ideas? La respuesta es no.

De modo que, cuando recurrimos al origen de la retórica, resulta también paradójico darse cuenta de que las grandes civilizaciones no se cuestionaron el hablar, pues era una práctica inmanente a la vida cotidiana. Llegados al siglo XX, la emisión de habla significó una gran interrogante y apenas comenzamos a tratar de comprender el proceso comunicativo. Contrario a lo que ocurría en el pasado lejano de la humanidad:

jamás se habla tanto de comunicación como en una sociedad que ya no sabe comunicar[se] consigo misma, cuya cohesión está en duda, cuyos valores se desmoronan, y cuyos símbolos demasiado usados no logran unificar. Sociedad centrífuga, sin regulador. Ahora bien, esto no siempre ha sido así. No se hablaba de comunicación en la democrática Atenas, pues la comunicación estaba en el principio mismo de la sociedad. Era el vínculo conquistado por los hombres en su desarraigo del caos, el que daba sentido al sistema en todas sus facetas: política, moral, economía, estética, relación con el cosmos (Sfez, 1992: 6).

El enunciado de Lucien Sfez es pertinente porque evi- dencia la importancia de la práctica del hablar en una sociedad que se pretende democrática. Hablar en sociedad es asumir el carácter político del ser del hombre en el quehacer inevitable de toda acción social; es cumplir la realización en tanto hombre. Lo anterior se inscribe en el marco de nuestra sociedad occidental, dentro de la tradición que sociológicamente ha establecido el ideal de la democracia bajo la figura del Estado-nación, teniendo como arena el espacio público. La idea de una sociedad democrática se acompaña de la discusión y ésta requiere el hablar. Esta acción, la de hablar o, mejor dicho, de ‘retoricar’3 ha sido el gran olvido en el hombre, aun cuando es parte constitutiva y, de acuerdo con esta mis- ma tradición, esencia de su ser.

No es casual que haya sido en la Grecia antigua donde la retórica se haya presentado como una tekhnê que todo político (ciudadano) habría de dominar para ser digno de la polis. Es de todos sabido que en la época de Aristóteles (hace alrededor de 2 400 años), ser político representaba saber hablar y con esto defender su postura, la causa4 desde el punto de vista jurídico y político. Podemos ver que si el hombre se define como zoon politikon, lo mínimo que debe poseer es el saber hablar, tener el dominio de la retórica. Olvidar esto significa, por lo tanto, no concebir el sentido del ser del hombre, en su realización, para su felicidad.

No estamos lejos de pensar, por la retórica, que el hombre que no sabe expresarse y defender sus ideas, por- que no practica su habla frente a los otros, presenta una desventaja de carácter, ya sea porque está incapacitado fisiológicamente para hacerlo, o bien, porque su sociali- zación le coacciona el discurso, sobre todo en el espacio

  1. 3  El verbo ‘retoricar’ está ausente en nuestro vocabulario. En su lugar empleamos hablar, decir, discursar, expresar. Difícilmente aceptamos o somos conscientes de que nuestro acto de hablar im- plica practicar la retórica.
  2. 4  Resulta interesante saber por Gadamer (2006) que el término ‘cosa’ tiene la misma raíz que la palabra ‘causa’, la cual nos da idea de los alcances que implica toda formulación discursiva que busca posicionarse y, en consecuencia, imponerse frente a los otros.
  3. 5  Para algunos, la retórica sólo tienen sentido cuando se practica en el espacio público, sin embargo, nuestra posición es que hay retórica en los enunciados más banales y simples. Un ‘hola’ o un discurso inaugural hay que saber decirlos y modelarlos de acuerdo con el sistema retórico. Esto significa que la retórica está presente tanto en nuestras relaciones interindividuales como en el ágora.

público.6 La confrontación y, luego, la toma de decisión son los ingredientes de la democracia que se realiza por la retórica. La política que economiza la palabra sólo es tiranía o imposición.

Dicho lo anterior, tratemos de entender de qué manera la retórica se vuelve fundamental en la vida cotidiana del hombre. Pero antes, veamos cómo las ciencias del lenguaje permi- ten hoy identificar la función que le correspon- de a esta antigua disciplina.

La retórica y las ciencias del lenguaje:

Si la retórica surgió desde la Antigüedad como una tekhnê, ¿cómo es posible postular que hoy la retórica sea una ciencia? La posibilidad es proporcional a su reivindicación epistemológica. Que la retórica haya quedado en el olvido, bajo el carácter de técnica o arte, no significa que la heurística que la sostiene haya dejado de practicarse e incluso pueda servir de fundamento epistemológico para las ciencias sociales.7 La modernidad, pese a lo que podría creerse, también ha contribuido al olvido de la retórica. La emergencia de las ciencias del lenguaje ha llevado a pensar que es posible prescindir de ella. Podemos reducir las ciencias del lenguaje a las disciplinas de la lingüística, la semiótica y el análisis del discurso, pero también a las llamadas ciencias de la comunicación y de la información, que han estudiado el fenómeno del lenguaje desde sus particulares perspectivas. Sin embargo, ninguna de ellas ha logrado abarcar de manera exhaustiva este complejo objeto de estudio, el lenguaje humano. No obstante el cruce interdisciplinario, la retórica —particularmente en América Latina— está ausente como contribuyente científica. 8

Así, la lingüística se ha propuesto conocer las reglas que hacen posible el funcionamiento del signo lingüístico (sintaxis y gramática); con Fer- dinand de Saussure (1979) se impuso el estu- dio del funcionamiento de la lengua y su origen semántico; la semiótica, desde el signo en general, ha establecido gracias a Peirce (1974), la teoría triádica de la semiosis para comprender la generación de la significación; el análisis del dis- curso, por su parte, se ha encargado de develar las íntimas genealogías y arqueologías que configuran los diferentes regímenes discursivos a lo largo de la historia; con las ciencias de la comunicación y de la información se ha querido observar cómo es posible el establecimiento de los signos entre las instancias emisoras y las receptoras. Pero hasta hoy no se ha logrado conectar estas diferentes dimensiones del hablar humano en una sola disciplina científica. En este contex- to, la retórica tiene mucho qué decir. Si bien ésta no ha formulado conceptos tales como lengua, lenguaje, habla, signo, paradigma, sintagma, discurso, al menos los presupone. Ahora bien, lo que la lingüística, la semiótica y el análisis del discurso no han postulado es cómo elaborar un discurso en su forma lógica, patética y ética; la retórica sí lo ha hecho. Pero antes de revisar la aportación de la retórica, en tanto disciplina, veamos cómo en años recientes, con las llama- das ciencias de la comunicación, se ha intentado analizar el acto del habla.

8 Un trabajo que intenta reivindicar a las ciencias de la comunicación como instrumento para conocer al hom- bre puede encontrarse en González (2010).

Es ya un lugar común decir que la comunicación es una ‘nueva ciencia’. Nada más alejado de la realidad, cuando ha sido la retórica la primera gran sistematización en la construcción del discurso.9 Lo que se omite en el enunciado de una supuesta emergencia de la comunicación es la importancia del hablar en la política y, en consecuencia, en la formulación de la acción social. Lo quenosediceesqueelhablarnecesitadeunaestra- tegia, por lo tanto, de un dominio del lenguaje y del discurso para persuadir.10 La teoría de la retórica ya lo postulaba. Todo el proceso comunicativo era compren- dido como un proceso del hablar aportando argumen- tos11 y salir exitoso con ‘la causa defendida’.12 Hoy, este hablar —desde las modernas ciencias de la comunicación— se piensa en términos de emisor, mensaje/discur- so, receptor. Se consideran las diferentes dimensiones que implica el acto del habla (social, cultural, económica, estética). Lo que hay que destacar en esta historia es que a la acción de hablar —lamentablemente— se le asocia un interés instrumental,13 donde la política deja de ser un asunto de discusión, de diálogo.14 El interés instrumental es sólo un asunto técnico, que resuelve la necesidad de saber fabricar un discurso que halague los oídos del interlocutor, es decir, que lo encante. En general, las ciencias de la comunicación han consagrado de modo parcial sus esfuerzos en pensar el hablar como un dispositivo del lenguaje en su dimensión instrumental, dejando de lado su posibilidad dialógica.

Autor/: Carlos González-DomínGuez

 

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