El Ethos como prioridad filosófica de la retórica:

Llegados a este punto, interesa referir la manera en que la práctica retórica, a diferencia de la simple comuni- cación instrumental (marketing político, comunicación organizacional), 15 resguarda la dimensión ética que está implícita en toda acción humana.16 Sobre un pla- no ético, la retórica argumenta por el ethos. No hay discurso sin logos, sin pathos, pero sobre todo no lo hay sin ethos. Para el padre de la lógica, el ethos es el argumento más importante del discurso (Aristóteles, 1991). Esto significa que podemos aportar un discurso lógico y patético perfecto, pero si carece de ética, el efecto persuasivo será nulo, a menos que se trate de hombres que no busquen el bien común y se muevan por intereses egocéntricos e instrumentales. Podemos ilustrar lo anterior con el enunciado de un individuo que no tenga carencias económicas: “robemos el banco X, sé cuándo y qué hora es la correcta”. Hay logos en la proposición, porque el sujeto enunciante sabe cómo proceder; hay pathos, porque es tentador poseer dinero; pero no hay ethos, porque robar es reprobable. Este enunciado, en efecto, resulta de un puro interés instrumental y no toma en cuenta el bien común que implica la acción.

Es posible apreciar hasta qué punto la práctica retórica inicia por el ethos del sujeto hablante y termina por el ethos del interlocutor. Si éste tampoco es vigilante de su ética, la acción de este hablar conduce a una acción social que, isomorfa a la ausencia delethos discursivo, producirá una acción en perjuicio de…

  1. 15  Estas dos actividades de un hablar instrumental o, bien, operadores técnicos de un saber comunicacional están lejos de problematizar la comunicación como objeto científico. Lo anterior es evidente por el hecho de proponerse conseguir objetivos puramente instrumentales, en lugar de objetivos derivados de un dialogismo retórico.
  2. 16  Es suficiente recordar que todo discurso (todo acto de habla) corresponde a una serie de acciones y de representaciones sociales. Nadie abre la boca para no hacer nada.

…la sociedad.17 Retórica, acción social y ética se presentan como instancias constituyentes de la

17 Esto se puede ilustrar con el fenómeno del narcotráfico. Podemos comprender que los sujetos involucrados son capaces de hacer caso a los aspectos patético y lógico de los discursos del narcotráfico, pero ignoran el ethos.

 

La retórica —teniendo como fundamento el factor ético, bajo la rectoría del ethos— garantiza el hablar político en su sentido social, particularmente en pro de la justicia. Esto significa que si un hombre es justo, en consecuencia su discurso encierra esta justicia y sus acciones. Tal es la tesis de Quintiliano, para quien “un hombre de bien es el único que puede hablar bien” (citado en Amossy, 2000: 63). Asumiendo dicho principio, no cabe duda, podemos comprender muchas de las características de la política contemporánea que, en la figura de los representantes políticos, nos muestra la ausencia de un hablar regido por el ethos. Por consiguiente, podemos considerar el hablar de nuestros políticos como un parámetro del universo ético de una sociedad que proyecta su espíritu en sus representantes. Retórica y política se presentan así como una simbiosis del ser del hombre por el paso de la historia.

Retórica: condición para la democracia.

Desde el inicio señalamos, siguiendo a Aristóteles, que la retórica es lo propio del hombre, porque éste piensa (posee el logos), y porque es el único animal que puede expresar lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo. En este sentido, dentro de sus funciones (operadora del lenguaje que produce dimensiones cognitivas (logos), patéticas (pathos) y éticas (ethos), la retórica toma su sentido en la política. Por lo que la retórica, más que ser un factor epistemológico o patético, es un factor político, por la sencilla razón de que da forma al lenguaje y…

18 Entendemos la ‘vida buena’ de los griegos como aquella que se propone producir las condiciones ideales de la paz, la realización del hombre y de la polis.

…a los discursos para producir la organización del hombre en sociedad. Si esta hipótesis es correcta, la comunicación, desde la práctica retórica, sin lugar a dudas es un asunto de política. De ahí su importancia como fuente operatoria en la construcción del discurso y de la formación humana.

Si hemos dicho que la polis sólo tiene sentido porque en ella se habla, proceder a construir un discurso (inventio, dispositio, elocutio) y ponerlo en escena (actio, memoria)19 no es un asunto que la naturaleza nos haya garantizado. Hablar es un asunto de socialización, de construcción de hombres por el lenguaje. Retoricar es, pues, un asunto de saberse social y de asumir que el poder del discurso es sinónimo de un poder político. Por eso, de la Grecia que vio nacer a la retórica puede afir- marse contundentemente que “el régimen democrático tiene necesidad, por su naturaleza, de un modo de educación nueva […] hay que saber hablar. El habla es desde entonces la ‘técnica de las técnicas’, ésta que permite a cada uno en la Asamblea, en los procesos, hacer valer su punto de vista” (Châtelet, 1999: 20).

Es muy significativo ese “hacer valer su punto de vista”, porque es ni más ni menos que el defender la cosa o causa por la que se habla. Para ello es necesario saber hacerlo. ¿Cuál es el medio? Considero que la respuesta está en la socialización. Cierto, se puede conocer cómo funciona la retórica y aprender a ponerla en marcha; sin embargo, tal caso hipotético ya no sería derivado de una lógica social, sino —como diría Michel Foucault (2009)—de una voluntad de saber, de poder, sobre un eje ético. Para Foucault, el proceso de la voluntad de saber y de poder involucra a la par un proceso de subjetividad que se establece entre los sujetos, derivándose con ello una serie de relaciones de poder, que no son otra cosa que la consecuencia de la historia. En esta relación establecida por el saber, el poder y la ética, podemos aprehender el “cómo nos hemos constituido como sujetos de saber; cómo nos hemos constituido como sujetos que ejercemos o sufrimos las relaciones de poder; cómo nos hemos constituido como sujetos morales de nuestras acciones” (Foucault, 2009: 879).

19 Como sabemos, son las partes que constituyen el sistema retórico, el cual demanda un dominio de los signos del lenguaje, de acuerdo con el tipo de discurso y público a quien el rétor va a dirigir sus palabras.

Hasta aquí se podría afirmar que el lenguaje y las cosas sólo pueden ser instituciones humanas, por la palabra que las representa, por el discurso que las limita: seres y cosas no pueden ser más que por las palabras. Como bien afirma Gadamer:

El lenguaje no debe concebirse como un diseño previo del mundo que es producto de la subjetividad, ni como diseño de una conciencia individual ni de un espíritu colectivo. Todo eso son mitologías, exactamente como el concepto de genio, que tan- ta importancia reviste porque enseña a entender la construcción poética como un producto inconscien- te y a interpretarla desde la analogía con el producto consciente (2006: 79).

Efectivamente, la propuesta de expulsar a los poetas por parte de Platón explica el poder de la palabra. Sin embargo, a diferencia de los poetas que no se preocupan por garantizar la verosimilitud, conformándose con ‘lo que las cosas podrían ser’, la retórica argumenta la verosimi- litud como posibilidad del ser.20 Mientras que los sofistas aplican la retórica para fines personales, 21 la retórica (del ideal político) vigila el interés de la comunidad.

  1. 20  Nos encontramos con la exigencia de Sócrates de definir el fin de las cosas, antes de poder hablar de ellas. Cuando el filósofo pregunta a Gorgias qué es la retórica, éste no es capaz de responder con pertinencia, por la razón de que sólo aplica la retórica sin dominar los temas. En otras palabras, la retórica (la que trabaja con el ethos) sólo sería capaz de hacer fluir las palabras, las ideas, puestas en argumentos. No estamos lejos de la racionalidad comu- nicativa defendida por Habermas, donde toda oposición al discurso se resuelve por el mejor argumento. Hablar, en este sentido, no es desplegar las palabras, sino justificarlas racionalmente. Con ethos, a la cabeza, logos y pathos, la retórica encuentra al orador capaz de persuadir, no por la palabrería, sino por una racionalidad dialógica (diríamos, incluso, dialéctica).
  2. 21  Paradójicamente, los sofistas, al construir discursos, son también rétores, esto es innegable. El umbral que separa al rétor del sofista puede ser muy corto, pero lo que los distingue es que el primero asume una actitud de búsqueda por la Verdad inmutable —aunque la retórica no habla desde la verdad, sino desde su posibilidad (dia- logismo de la retórica)—, mientras que el sofista pretende hablar de la Verdad. Sin embargo, no hay duda de que una concepción positiva del sofista es deseable en la medida en que su discurso puede significar un horizonte de creación, invención y renovación de la existencia humana. Tal es la tesis de Bárbara Cassin (2008), para quien la sofística toca la posibilidad del no ser.

A manera de conclusión:

Se refirió ya cómo, desde los planos filosófi- co, ético y teórico, la retórica ofrece una serie de postulados y principios que, articulados en su origen, revelan el poder del lenguaje bajo la forma de discurso. Tal condición de la retóri- ca ha sido demostrada por la filosofía del lenguaje: toda producción humana proviene del lenguaje. En esta historia, la retórica es protagonista. Para señalar al final de este recorrido la importancia de la retórica, se invoca a dos grandes filósofos: Aristóteles (1996), quien esta- blece que el conocimiento (del ser) deriva de la lógica bajo el principio de no-contradicción y que corresponde al lenguaje, entonces, hacerlo explícito; Marx (1987), que, por su parte, considera que el conocimiento se establece por la lógica del lenguaje como instrumento de lapraxis sobre lo concreto. El estagirita se pro- pone demostrar un paralelismo entre lenguaje y naturaleza, mientras que el joven Marx hace del lenguaje un factor de transformación sobre la naturaleza y los hombres. En primera instancia, estas dos epistemologías se presentan incompatibles, opuestas. Sin embargo, parece que ambas aproximaciones, en donde el len- guaje es materia prima del conocimiento y de la vida cotidiana entre los hombres, actualmente aportan elementos heurísticos sobre la comple- jidad de lo real.

En esta oposición, mi propuesta es hacer intervenir a la retórica, para conciliar una supuesta teleología del lenguaje (la de Aristóteles) en el hombre con una praxis transformadora del lenguaje (la de Marx). Así, ambos filósofos convergen en que es por el lenguaje que se incide en el mundo. Por esto Aristóte- les y Marx, al otorgar suma importancia al lenguaje, contribuyen a repensar qué se hace con las palabras.

De esta manera, la retórica sería entonces aquel proceso por medio del cual el hombre interioriza el lenguaje mediante las palabras. A través de este proceso, el hombre incide en su mundo, lo concretiza (en la supuesta correspondencia entre la palabra y la cosa, momento de objetividad-intersubjetividad) y lo transforma (por la praxis).

La retórica, ante la a veces grandilocuente presunción de vivir en un mundo democrático, es condición fundamental de los miembros (ciudadanos) de nuestros Estados. Su ausencia, sin duda, significa autoritarismo o demagogia.

Carlos González-DomínGuez

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